ESTRELLA FUGAZ
Texto: Catalina Vargas Tovar

Hay muchos centros, nosotros no somos el centro. Nosotros somos breves, contingentes, frágiles, fugaces. Nuestra geometría es blanda, flexible, vinculante, no tenemos geometría. Todo lo que sucede alrededor va en contra de nuestra intuición, de nuestro relato, de nuestro deseo. Somos ruinas, caminamos sobre el tiempo infinito, ya pasó el fin del mundo, ya solo quedan los restos. Somos estrellas fugaces. Nuestra incongruencia brillará en el mundo por venir.

Las fuerzas vivientes, el flujo genético, las reacciones químicas, la actividad telúrica, la presión atmosférica, la gravedad y los ciclos planetarios nos han hecho materia en movimiento. Nosotros, de común acuerdo, hemos abrazado dos ilusiones: que el presente es eterno y que estamos solos. Hemos construido ciudades sobre ese delirio y nos hemos transformado sin saberlo en ingenieros de la fugacidad y artistas de la brevedad. Así, hemos ido olvidando el tiempo celeste y vamos poniendo una capa de materia sobre otra como llevados por una inercia acuática.

Coexistimos, nos perdemos en la coexistencia, nos acomodamos en las resonancias entre unos y otros, hacemos hogares. La coexistencia nos afecta, nos llena de deseo y de miedo, nos hace creer que somos un mismo cuerpo extendido, que ya no hay un todo, que somos una pequeña parte, un individuo, un instante, una sílaba, un reflejo. Nuestra coexistencia es elástica. A veces lo elástico es poético.

¿Y si miramos desde afuera, a través del espejo, por el microscopio, desde el futuro lejano, desde el fin, desde el lugar donde se juntan diferentes especies a formar otras especies? ¿Y si observamos los conjuntos imposibles que se desprenden de la era de la racionalidad que hacen vibrar la materia con una nueva luz? Una perspectiva del ser transitorio nos invita a caminar entre las sutilezas y las tensiones, entre la sencillez y la complejidad, la transparencia y lo espeso, las ruinas y el futuro, lo vacío y lo concreto. Los modos de ser de lo efímero no son noticia de último minuto, son esculturas de lo familiar.

En este espacio convergen anacronismo y sincronía. Se reúnen los tiempos en una especie de constelación de lo que fuimos, somos y seremos en el tiempo extendido de las galaxias. Quien entra a este espacio es un extraterrestre. De repente, sus categorías humanas dejan de ser útiles y su relación con lo material se despierta. La curiosidad arqueológica y los juegos de inducción científica permiten admirar una gran diversidad de las formas de vida, una materialidad aleatoria, un nosotros continuo.

Notas de estudio

Desde el enorme ventanal en su estudio, Iñaki Chávarri tiene vista a los cerros orientales bogotanos. Ha sido testigo de fuertes ventarrones, aguaceros inclementes y días de sol apocalíptico. Muchas veces pueden suceder todos los climas el mismo día. La comodidad cotidiana en esta ciudad andina, violenta también en muchos sentidos, constantemente muestra la fragilidad que se disfraza de cemento. Materiales como el papel, el agua, las flores o frutas, finas cadenas y piezas pequeñas parecidas a amuletos, van formando geometrías de una vida blanda que parece al final tener más resistencia y perdurabilidad que lo sólido. Partiendo de lo material, Iñaki va abriendo capas hacia la profundidad existencial y política, desde su mirada de conjuntos (conjuntos de colores, de libros, de señales, de manchas, de botellas) se despierta una mirada sensible a las tensiones y el equilibrio anhelado. De ahí, de ese lugar de experimentación continua, vienen las piezas de «Estrella fugaz», una muestra que puede ser leída como una ontología de la fragilidad.


ESTRELLA FUGAZ (SHOOTING STAR)
Text: Catalina Vargas Tovar


There are many centers, we are not the center. We are brief, contingent, fragile, fleeting. Our geometry is soft, flexible, relational: we have no geometry. Everything that happens around us goes against our intuition, our story, our desire. We are ruins, we are time walkers, the end of the world has passed already, only the embers remain. We are shooting stars. Our incongruity will shine upon the world to come.

Living forces, genetic flows, chemical reactions, telluric activities, atmospheric pressure, gravity, and planetary cycles have made of us matter in motion. We have agreed to embrace two illusions: The present is eternal and we are alone. We have built cities based on this delirium and have unknowingly transformed ourselves into engineers of fugacity and artists of brevity. Thus, we have forgotten the celestial time and we place one layer of matter over another obeying an aquatic inertia.

We coexist, we lose ourselves in coexistence, we accommodate ourselves in the resonances between each other, we build homes. Coexistence affects us, fills us with desire and fear, it makes us believe that we are the same extended body, that there is no wholeness in us, that we are a small particle, an individual, an instant, a syllable, a reflection. Our coexistence is elastic. Sometimes the elastic is poetic.

What if we look everything from outside, through a mirror, through a microscope, from a distant future, from the end, from the place where different species come together to form other species? What if we look at the impossible formations that emerge from the era of rationality and that make matter vibrate with a new light? A perspective of the transitory being invites us to walk among subtleties and tensions, among simplicity and complexity, transparency and thickness, the ruins and the future, the empty and the concrete. The ephemeral does not look like breaking news, they are sculptures of the familiar.

Anachronism and synchrony converge in this space. Time becomes a constellation of what we were, are and will be in the prolonged time of galaxies. Entering this space makes you extraterrestrial. Suddenly, we find our human categories obsolete and our relationship with matter awakens. Archaeological curiosity and scientific induction games allow us to see a great diversity of life forms, random material combinations, and a continuous being together.

Study Notes

From the huge window in his study, Iñaki Chávarri has a view of the eastern hills of Bogotá. It has witnessed strong windstorms, harsh downpours and apocalyptic sunny days. Many times all climates can happen on the same day. The daily comfort in this Andean city, also violent in many ways, constantly shows the fragility that disguises itself as cement. Materials such as paper, water, flowers or fruit, fine chains and small pieces similar to amulets, are forming geometries of a soft life that seems to have more resistance and durability than solid at the end. Starting from the material, Iñaki opens layers towards the existential and political depth, from his gaze of sets (sets of colors, of books, signs, stains, bottles) a gaze awakens sensitive to the tensions and the desired balance . From there, from that place of continuous experimentation, come the pieces of "Shooting Star", a sample that can be read as an ontology of fragility.